Si tengo un encuentro con Dios,
mi alma no
responde con discursos,
sino con temor y temblor,
como hoja que mueve
el viento
sin saber a dónde
será llevada.
Su llamado es
como:
una luz que ilumina
lo oscuro,
una pregunta que
desarma el alma,
un silencio que
me nombra.
Y yo, asustado,
apenas puedo decir:
“Aquí estoy Señor”
aunque no sé cómo
seguir tus pasos.
Responder es
abrir el corazón
para que Él entre
sin prisa,
y alumbre mis
sombras,
para que me
enseñe a caminar
sin esconder mis
heridas.
Es escuchar su
voz
como quien
escucha el agua
que baja sobre la
roca
no para
entenderla,
sino para dejar
que lave.
Es obedecer con
pasos torpes,
con manos que aún
tiemblan,
con la certeza de
que su gracia
es más grande que
mis miedos.
Y al final,
responder a Dios
es convertir la
vida entera
en un susurro que
dice:
“Toma mi
historia, Señor,
haz de ella un
camino donde otros
puedan encontrar
tu luz.”
JoseFercho ZamPer

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