Un día cualquiera, experimenté algunos problemas al tratar de orinar.
Me gusta caminar, e ir a distintos lugares a conocer pueblos y caminos.
Un día fuimos hasta el pueblo de Güicán en Boyacá, con el propósito de
subir al nevado del Cocoy.
Un viaje demasiado largo, y llegando el frío me congeló la orina.
De ahí surgió la obligación de ir al médico, y la opción urgente fue
ponerme sonda.
Días después ya en casa, comencé los trámites para revisión de fondo,
después de varios meses la conclusión fue “operación”.
Se programó para el siguiente mes
y así pasó.
Al quirófano me llevaron, después de varias horas estaba en la
habitación.
Todo salió bien, me dijo el médico.
Gracias doctor respondí, bastante inconsciente de la situación.
Por las 24 horas siguientes me sentía mejor, ya en la tarde todo parecía ir en peor.
Los alimentos no se quedaban en el estómago, se devolvían por el mismo
camino por donde ingresaban, al día siguiente todo se me nubló.
Llamaron a la gastroenteróloga, me vio tan mal que de inmediato programó
operación.
Después de algún tiempo desperté y me encontré amarrado y entubado, me
impedía hasta la respiración.
¿Qué paso? Pregunte.
La respuesta fue, “ya estas mejor”
Tal ves hayan dicho algo más, pero no recuerdo nada más, pues estaba bajo
sedación.
Al rato pude oír la voz de mi hija quien me hablaba con alegría y
emoción, pues la situación había sido bastante difícil en ese tiempo de
agitación.
Mis recuerdos son bastante vagos de aquellos momentos. Creo que escuché
la voz del pastor de la iglesia a donde he asistido unas veces por oración.
Recuerdo que me tomó de la mano y oro por mí.
Al poco tiempo sentí que me fui.
No sabía qué hacer, tenía alucinaciones. ¿O estaba en algún lugar a donde algún demonio me había empujado?
Sinceramente temía por mi vida.
Era un lugar deshabitado, donde no se podía vivir.
Quería salir corriendo de allí,
pero estaba atado o amarrado a alguna roca o algo así.
Solo movía los pies como
defendiéndome de lo negativo de allí.
Sentí mucho miedo. ¿acaso estoy
loco?
Señor, te pido que me saques de
aquí. Por favor.
Una cosa era segura: sentía una
clase de paz y de confianza de que saldría de allí.
Muchas personas pierden la fe
en medio de las dificultades, y no permiten actuar a Dios en sus vidas.
Te suplico Dios mío, sácame de
aquí, mis fuerzas están agotadas. Yo no puedo resistir mucho tiempo aquí.
¿Por qué estoy vagando por
estos lugares tan aterradores? Me pregunté.
¿Qué mal he hecho, para que me
trates de esa manera?
La cueva era oscura, fría y húmeda. Hace muy poco estaba rodeado de personas, ahora estoy solo. Me estremecí.
No tengo idea de dónde estoy, lo cierto es que algo extraño pasaba en mí.
Tanta oscuridad me dejo pasmado. Analizaba dicho lugar, pero nada tenía sentido.
Al rato sentía como que me miraban, como una presencia extraña allí, y
en medio de la oscuridad se alcanzaba a notar como ojos que brillaban, como
animales carroñeros en las grietas de la caverna, eran como ratas, cuervos y
como hienas hambrientas al acecho.
No había nadie con quien hablar
acerca de mi situación. A quien preguntarle ¿Dónde estoy? Solo sombrías
imágenes acudían a mi mente.
En ese agujero oscuro y frío
donde no se oía ningún ruido, solo el que hacían esas alimañas que trataban de
morderme.
Mi esperanza estaba en Dios, a
El clamé con angustia; “Señor, Dios mío, perdona mis pecados y hazme justicia,
no permitas que perezca en este lugar”.
En vista de que nadie estaba por ahí que me ayudara, mi temor era que
esos bichos me atacaran, entonces comencé a mover mis pies como tratando de
defenderme. Los pies sí los tenía sueltos.
Luego de analizar y observar, y no entender nada, comprendí que estaba
solo.
Así estuve por un buen tiempo, mas no veía que algo cambiara.
Al rato escuché voces, y vi algo
de luz que entraba por alguna rendija.
Creo que pasaron varios días en esa triste y dolorosa situación.
Una doctora me dijo “don José, ya estas bien,” creo que algo respondí,
pero en realidad no recuerdo pues estaba bastante perplejo y no comprendía aun
nada.
Nunca había tenido una
experiencia semejante.
Pero, al día siguiente, me
encontré ya con la realidad de lo sucedido.
No encuentro explicación a esa experiencia, lo cierto es que ya me
sentía en otro plano o en otra realidad donde veía personas y las escuchaba, y
al parecer ellos también me veían.
En ese momento ya no tenia tantos tubos en mi boca y nariz, y comencé a
balbucear algunas palabras.
Entonces pregunté dónde estaba, y qué me había pasado.
Me respondieron que estaba en la UCI, que después de la segunda
operación estaba muy mal, entonces me habían metido en un coma inducido.
Ya después fui dándome cuenta de esa realidad, pues escuchaba a otros
pacientes quejarse y pedir ayuda, y sentía un frio terrible por el aire
acondicionado.
Con el paso de los días me sentía más consciente y percibía todo de
mejor manera, entonces me fueron liberando las manos con el compromiso de no
quitarme los cables y la manguera que aun tenia en la nariz para alimentarme.
Me fui dando cuenta de que tenía varias sondas puestas, una para orinar,
otra para sacar los fluidos de la operación, unas mangueras en el brazo para
alimentación y el suero y otra para los antibióticos. Fue todo un golpe para
mí, pues nunca había estado en un hospital, tan solo de visita.
Esto me contamino de materia fecal por dentro, por tal razón me
sometieron a una operación para descontaminarme de tal infección.
Por eso me entubaron y me amarraron para poder realizar todos los
procedimientos necesarios sin que me opusiera.
Gracias a Dios no hubo
consecuencias, solo que me comenzaron a dar alimentación por la boca.
Estuve otros ocho días en habitación.
Cada mañana pasaban los médicos y me decían, “don José, como estas de
bien”.
Un médico me llamó, “Moises”, pues había sido rescatado. Según él.
Poco a poco me fui enterando lo grave que estuve durante la segunda
operación, y al ver la severa herida que tenia en mi abdomen, pude comprenderlo
mejor.
Ya en casa estoy cuidándome en todo lo que me recomendaron, alimentación
y ejercicio, pero con cuidado, usando la faja par evitar la fuerza en el abdomen.
Las pesadillas nos sacuden el
sueño, pero no era una pesadilla, fue una realidad.
Poco a poco concilié el sueño.
No sabía si soñaba o si volaba. Las imágenes en mi mente desfilaban
confusamente. Lucho con perseverancia y amor para que la claridad permanezca en
mi mente y en mi corazón.
Sólo dentro de mí había tinieblas. Sólo dentro de mí temblaban los cimientos de mi vida.
Estuve tres días entre la vida
y la muerte. Pero, Dios había tomado su decisión a favor de la vida.
Por fin me hallaba de nuevo en
casa, el precio que había tenido que pagar por volver a mi libertad fue luchar
contra la oscuridad dentro de mí.
¡Qué maravilloso volver a ver
el sol! Sentir su calor.
Abazar a la familia y a todos
quienes me aman y amo yo.
Lo mejor que se hace por los
demás es averiguar acerca de sus vidas para luego señalarlos con el dedo.
De repente nos convertimos en
“asesores en asuntos religiosos”.
A veces me da la impresión de
que “a nadie le importa la situación personal del otro”, y eso me produce
angustia.
La sensibilidad religiosa se
convierte en algo más valioso que los miembros de la iglesia.
Perdemos la libertad de Dios
por nuestro propio comportamiento.
Pero, esa hipocresía nos lleva
a tomar malas decisiones que nos impiden encontrar el camino a casa.
Sólo cuando los hombres
obedezcan a Dios, habrá paz en la tierra.
Siempre hay algo bajo la
superficie, que no hacemos bien. Pero ¿qué es?
Todos sabemos que hay que tener
consideración con los débiles. Pero en la práctica sacrificamos a otros en
favor nuestro.
Jesucristo nos ama y nos bendice.
JoseFercho ZamPer.


